universidad

Evaluación en tiempos de confinamiento

El pasado día 22 de abril, tuvimos el placer de conversar sobre evaluación en tiempos de confinamiento con Carlos Magro, vicepresidente de la Asociación Educación Abierta e investigador colaborador en proyectos transformadores en el ámbito de la educación.

La charla con Carlos giró entorno a tres ejes: el proceso de la evaluación en educación en general y en el entorno universitario en particular, lo efectos de la situación actual sobre el sistema educativo y las recomendaciones para llevar a cabo la evaluación no presencial.

Para enfrentarnos a esta nueva situación en la que nos ha colocado la Pandemia, lo primero que nos propone Carlos es repensar por completo nuestra práctica.

Vivimos en una sociedad que valora mucho lo competitivo y lo acreditativo, que se ha construido, como decía Hanson hace más de 20 años, sobre la capacidad de respuesta a los test. En la Universidad, dado su elevado componente de certificación, esta clasificación o selección para el mercado laboral se lleva a extremos, y es en momentos como el actual en los que se hace más evidente la necesidad de replantearnos este sistema. Porque ¿es realmente el estudiante mejor preparado para superar los test el que más ha aprendido, el mejor preparado?

En la situación de incertidumbre que nos ha traído esta pandemia debemos plantearnos preguntas muy básicas y nada nuevas: ¿Es evaluar un proceso objetivo o cada vez que evaluamos estamos asumiendo unos valores determinados? ¿Somos conscientes del valor de la evaluación? ¿Somos conscientes de sus consecuencias pretendidas y de cómo condiciona cualquier evaluación al proceso de enseñanza/aprendizaje?

La respuesta de Carlos es clara, evaluar no es un proceso técnico, sino un proceso cargado de valores, un proceso ético. Porque por muy objetiva que queramos hacerla, la evaluación nunca es neutra pues está condicionada por condicionamientos sociales, nuestros valores y por la trayectoria de vida de docentes y estudiantes. 

Paradójicamente, la evaluación ha quedado fuera en la mayoría de los procesos de mejora e innovación educativa de los últimos años. Hemos innovado en metodologías, en herramientas, en escenarios de aprendizaje, pero seguimos evaluando igual, por lo tanto, no hemos cambiado nada. Miguel Ángel Santos señalaba hace más de 20 años que “aunque la finalidad de la enseñanza es que los alumnos aprendan, la dinámica de las instituciones hace que la evaluación se convierta en una estrategia para que los alumnos aprueben” (Santos Guerra, 20 paradojas de la evaluación del alumnado en la Universidad Española. 1999). Y es que, si la evaluación focaliza su interés en los resultados, estos podrán mejorar sin que lo haga necesariamente el aprendizaje (Gordon Stobart, Tiempo de Pruebas. 2010).

La evaluación, por tanto, no debe considerarse un proceso aislado posterior a la enseñanza. Para Carlos Magro, enseñanza y evaluación son lo mismo, entre ambas hay una correlación absoluta. Nuestra manera de evaluar determina la forma de aprender de nuestros estudiantes. La evaluación condiciona el qué y el cómo aprenden. Y es que el propósito más importante de la evaluación no es demostrar, sino perfeccionar (Sttufflebeam y Shinkfield, Evaluación sistémica. guía teórica y práctica. E. Paidos, 1987). Un buen sistema de evaluación es aquel del que el estudiante no puede escapar sin haber aprendido (Elena Cano, Aprobar o aprender. Estrategias de la evaluación en la sociedad en red. 2012).

Probablemente la manera más sencilla que tenemos de saber qué tipo de educación ejercemos es saber qué tipo de evaluación hacemos. La evaluación pone de manifiesto todas nuestras concepciones docentes sobre el sentido de la Universidad, la naturaleza del proceso de enseñanza, nuestro papel como docentes, la relación profesor/alumnos… Precisamente, una investigación dirigida por Fernando Trujillo durante el confinamiento ha demostrado que las concepciones que tienen los docentes influyen mucho en la forma en la que piensan cerrar y evaluar este curso. Se podría decir por tanto “Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de profesor eres”.

En palabras de Carlos esta pandemia está siendo el espejo de las costuras rotas de nuestro sistema, ha destapado las cosas que no dan más de sí de nuestras prácticas, evidencias que, si bien muchos tenían claras, la situación actual coloca en el extremo ante las decisiones que debemos que tomar. Por ejemplo, en la Universidad ¿estamos fomentando aprendizaje o estamos forzando la parte más certificadora?

Por otro lado, esta situación ha puesto de manifiesto la gran brecha que hay en ocasiones entre la administración y la realidad de estudiantes y profesores. Situaciones como la diversidad y la desigualdad presente en nuestras aulas requieren ahora mayor atención.

¿Qué hacemos entonces para cerrar el curso?,¿Cómo evaluamos?

Es obvio que no existe una solución universal para el diseño de un procedimiento de evaluación no presencial, pero Carlos nos insta a cuestionar los procedimientos y herramientas. No se trata de trasladar la evaluación que hacíamos en presencial al remoto. Y tampoco debemos obsesionarnos solo con la vigilancia del examen. Si nuestro paradigma es la vigilancia y el control, nuestros estudiantes encontrarán maneras para hackaerlos, pues la tecnología no es robusta. Si andamos el camino de la vigilancia y el control nos pueden responder por el otro lado con los mismos mecanismos de tecnología para escapar a las mismas. Así que nuestros esfuerzos, nuestras energías, deben focalizarse en el qué y cómo evaluar, más que en esa vigilancia.

En base al “Informe sobre procedimiento de evaluación no presencial. Estudio de implantación en las Universidades españolas y Recomendaciones” (CRUE, 16/4/2020), informe que ha utilizado la propia UFV para realizar su guía de evaluación, las recomendaciones que nos hace Carlos para afrontar la evaluación en remoto son las siguientes:

  • Ser flexible a la hora de preparar la evaluación.
  • Tener en cuenta aspectos metodológicos, pedagógicos, normativos, de protección de datos, tecnologías, brechas y desigualdades digitales…
  • Tener en cuenta que un modelo de evaluación no presencial no es lo mismo para cada asignatura y para los diferentes cursos. Revisar el sistema de evaluación de cada asignatura, especificar los cambios introducidos e informar a los alumnos de los mismos.
  • No complicarnos la vida con la tecnología. No usar tecnologías no probadas anteriormente.
  • Diversificar los medios de evaluación, dando más peso a la evaluación continua, si la hubiese.
  • Complementar la evaluación con escenarios síncronos y asíncronos.
  • Distribuir el peso de manera que la evaluación sea integral, evitando acudir a una única prueba final.
  • Evaluar sobre la base de una rúbrica con criterios de corrección precisos.
  • Incluir en las pruebas de evaluación alguna retroalimentación, supervisión y/o seguimiento.

Noelia Valle (Apuntes recogidos con las palabras de Carlos durante su charla)

Read More