• Álvaro González-Alorda
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Entrevista con Álvaro González-Alorda

Hoy en día la palabra innovación es una de las más repetidas en los ambientes universitarios de todo el mundo. Frente al reto de las nuevas tecnologías y de los nuevos modelos educativos ofrecidos por las plataformas digitales de formación online, las universidades tradicionales necesitan transformarse y romper los esquemas pedagógicos en los que han desarrollado su actividad durante siglos.

“Los profesores enseñan hoy exactamente igual que hace 1000 años”. Esta frase de Sebastian Thrun, fundador de Udacity, es una llamada al cambio y a la innovación. Pero, ¿cómo cambiar? ¿Hacia donde dirigir nuestros esfuerzos como docentes y como gestores de universidades? Para ayudarnos a encontrar una respuesta a estos interrogantes hemos entrevistado a Álvaro González-Alorda, co-fundador de Emergap y uno de los máximos expertos internacionales en materia de innovación.

Usted mismo ha subrayado en varias ocasiones la diferencia que hay entre una verdadera innovación y la mera novedad. La primera es fuente de progreso real, la segunda no. Surge espontánea, por lo tanto, la siguiente pregunta, ¿qué es innovación?

En las organizaciones de las empresas es muy común que se llame innovación a las simples mejoras, como puede ser, por ejemplo, el pintar de color las oficinas.

Desde mi punto de vista, en el ámbito empresarial la innovación tiene hoy dos ejes muy críticos: 1) la tecnología y 2) el modelo de negocio. Solo conjugando estos dos elementos es posible embarcarse en modelos de innovación real. Por ser muy sintético podemos dividir entre una innovación incremental, que consiste en mejorar lo que ya se estaba haciendo; y una innovación disruptiva, capaz de cambiar las reglas del juego haciendo las cosas más simples, más fáciles, más accesibles y más económicas. En este segundo caso los demás competidores están obligados a cambiar y en el mercado se produce normalmente una cierta revolución. Esta es la innovación en el ámbito empresarial.

Sin embargo, cuando hablamos de innovación educativa entramos en un mundo que está aún por explorar, quizá porque llevamos muchos siglos con modelos pedagógicos muy parecidos. Lo que está sucediendo es que en los últimos años han surgido modelos de negocio profundamente disruptivos en la industria de la educación. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a plataformas como Coursera o Udacity, que están golpeando muy fuerte a las universidades tradicionales las cuales se encuentran hoy en día en un dilema muy grande. Las universidades tradicionales están basadas en la formación presencial, defendida por muchas instituciones como una presencialidad de alto valor, capaz de generar un impacto personal muy fuerte en el alumno. Esta es su promesa. Sin embargo, si analizamos el verdadero impacto generado en el alumno nos damos cuenta de que a veces esa promesa es muy frágil y que el mecanismo principal para tener impacto, es decir, la relación alumno-profesor, es muy endeble y limitado. Para que el paso de un alumno por un campus universitario se traduzca en una experiencia verdadera y de impacto, hace falta una interacción muy intensa y muy frecuente entre profesores y alumnos y también entre alumnos y alumnos y entre profesores y profesores.

La dificultad estriba en que el mundo académico y el trabajo de los profesores es por naturaleza muy individual. Además, son pocos los docentes que dedican tiempo, generoso por su parte, a los alumnos. Tiempo para conversar con ellos, para ayudarles a construir sus sueños, para orientarles no solamente durante la universidad sino también después. En mi opinión es este tiempo la fragua de la promesa de las universidades presenciales.

Para defender su presencialidad las universidades tienen que desarrollar iniciativas de mentoring de alto impacto, capacitando a los profesores para obtener una interacción profesor-alumno que sea verdaderamente inspiradora. Esa es una primera respuesta adecuada a la innovación universitaria. Una segunda respuesta consiste en replantear el formato de clase tradicional magistral como única metodología pedagógica o didáctica y lanzar a los profesores a la experimentación académica, para que desarrollen nuevas iniciativas, nuevas metodologías y nuevas técnicas didácticas. La instrucción universitaria, de hecho, está muy amenazada por el perfil de los llamados millennials, jóvenes armados con tecnología y con una posibilidad de distraerse de lo que está sucediendo en el aula muy superior a la de las generaciones anteriores, que todo lo que tenían era un bolígrafo y un papel. Manejar a los millennials en el aula requiere, por lo tanto, una enorme capacidad pedagógica en el profesor.

Innovación y experimentación, sobretodo con las nuevas tecnologías, es un binomio que Usted remarca a menudo. Me pregunto si de verdad la innovación y una buena educación necesitan de las nuevas tecnologías o si, en realidad, esta exigencia es algo, entre comillas, más bien impuesto por la sociedad y el desarrollo tecnológico de nuestra época. ¿Las razones del cambio y de la innovación estriban únicamente en la disponibilidad de las nuevas tecnologías? La tecnología, que es un medio, se presenta a menudo tanto como desencadenante de la crisis educativa como también uno de los factores fundamentales para su solución. ¿No es esta quizá una atribución de un protagonismo exagerado a algo que tendría que ser un simple medio?

Es muy buen punto. Desde luego las posibilidades que ofrece la tecnología son arrolladoras aunque, en términos generales, veo que los profesores universitarios están lejos de utilizarlas de modo avanzado. El problema es que cuando empezamos a hablar de innovación educativa hay una tentación y una tendencia entre los amantes de la tecnología a considerar que innovación equivale al simple uso de la tecnología. Se puede, por lo tanto, acabar llamando innovador el pasar unas transparencias de Powerpoint a Keynote o de Keynote a Pressy o de Pressy a un pequeño video. Estas en sí mismas son pequeñas herramientas y no tan relevantes. Tiene mucha más importancia el diseño de la experiencia de aprendizaje. Creo que las clases universitarias deberían plantearse con la misma dinámica con la que Disney organiza todo el proceso de servicio al cliente. En Disney están diseñados hasta los tiempos de espera en las colas para entrar a las atracciones. Y este tiempo está parametrizado para que resulte atractivo, breve y divertido.

Para convertir la experiencia educativa en una verdadera experiencia hay muchas posibilidades y todas requieren la experimentación. No hay una única fórmula. Por eso las instituciones tienen que favorecer y fomentar la experimentación educativa.

Esto, sin embargo, implica dificultades. Primero, porque hay unos profesores que llevan muchos años trabajando de la misma manera y el cambio les supone un verdadero reto. Segundo, porque hay profesores que tienen miedo a experimentar debido a que si el experimento no sale bien y sus evaluaciones por parte de los alumnos no son buenas, pueden ser penalizados en su desarrollo profesional. Lo que habría que hacer es conjugar ese afán experimental con el apoyo a los docentes para desarrollar innumerables dinámicas docentes capaces de tener un mayor impacto. Y para esto la tecnología es una simple herramienta: innovación y tecnología no son sinónimos.